
Era tan pequeña como el pequeño paraíso donde vivíamos, una casita de adobe cerca de un canal de agua. Tan pequeño como la felicidad que llega con el recuerdo. Mis padres pensaron que mudándonos a la casa de mis abuelos en el pueblo seríamos más felices y menos pobres. Amaba ser pobre, era muy feliz en ese pequeño paraíso, cuando ignoraba el mundo y lo malo que podía encontrarme en él.
A mis doce años nos mudamos a la casa de nuestro padre. A los dieciséis me cambié a una preparatoria de la ciudad. A los veintidós años me mudé a casa de mi novio. A los veintitrés me mudé a la Ciudad de México. Ahora me encuentro en casa de una tía a veces alegre, a veces triste; a veces se respira una mala vibra.
Todas esas ocasiones en que hice la maleta para huir en busca de un lugar más feliz, en realidad solo quería huir de mí. De mi ansiedad y de los demonios de mi pasado. De todas esas ocasiones en las que hice la maleta para huir, la única ocasión en la que la decisión no fue mía fue cuando mis padres me desterraron del pequeño paraíso. Del campo y las mariposas. Del agua y las risas que nadaban en ella. De las frutas cosechadas en el patio trasero de la casa y la ausencia de un sanitario. Era tan libre y tan feliz corriendo descalza por la tierra fría y las mordidas de las hormigas. Desde entonces el miedo viene a mí cada madrugada, a veces acompañado de ligeras lágrimas insípidas. Hacer la maleta ha sido un paso directo a un destino destructivo. En casa de mis abuelos fui abusada sexualmente. En casa de mi padre había guerra y caos entre mis padres. En la preparatoria de la ciudad sufrí bullying por parte de unas compañeras. Cuando viví con mi novio fui víctima de violencia física, psicológica y sexual. Se me prohibió salir casi por un año de mi trabajo por la pandemia.
Una noche no lejana, después de intoxicarme con alcohol, fui a la cocina, tomé un cuchillo, corté mis muñecas y mientras mi sangre abandonaba mi cuerpo sentí que mi alma se llenaba de paz. Cerré los ojos y, con una felicidad serena, me sentí lista para no abrirlos nunca más. Por la mañana desperté.
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