
2
Si supieras tan sólo
a qué hueles cuando vuelves
de la calle,
cuando nada tienes ya
para ofrecerme sino
un duro y áspero sabor
a hojas secas, a guayabas agrias,
mientras tu mano
deja caer una niebla densa
sobre el garrafón de aguardiente
y me hablas cerca del oído
sobre animales que no existen.
Y aunque un dedo índice nos señale,
disparas contra mí
palabras somnolientas
mientras dejas caer tu cabeza
-flemática-
sobre guijarros herrumbrosos.
4
Yo entiendo que tú eres
la significación universal del mundo,
lo medianamente cultivado,
la exquisitez del mendrugo ajeno,
lo que ha sido extraído de otros tiempos
y la voz ensimismada y frágil
llevada a cabo en la lejanía de otras rosas elocuentes.
Hay días, a veces, cuando te siento callar
y mi garganta es la que habla por ti,
y cuando callo yo
es tu mudez silente la que en mi paladar
llega a traducirse,
sin dejar de ser lo que ha sido antes:
antes de la totalidad del día,
antes de lo que no fue.
IV (bis)
Sobre tus hombros flotan mil cristales
de yodo y de aire hecho piedra,
de elocuencia de otras épocas,
de cosas que sólo yo
puedo enunciar,
de algo que únicamente yo
puedo decir.
Como transeúnte, eres sólo humo
de mis palabras dichas.